El trayecto de regreso fue un silencio pesado y abrumador, tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. No podían mirarse a la cara. Fabio, de la vergüenza tras haberse declarado sin pensar, y Sam, incómoda, no sabía cómo procesar todo eso.
Cuando llegaron a casa, fue Iván el primero que corrió a los brazos de Sam una vez cruzó el umbral. Sus ojos apagados habían vuelto a brillar en un segundo. La abrazó, feliz de que estuviera de regreso. Sam acarició su cabello pero el niño, aún sinti