A la mañana siguiente, Sam se despertó con el sol de Moscú colándose por las cortinas rojas. El peso de la noche anterior, y las dudas que sintió al oír los murmullos de Iván la había dejado toda la noche sin dormir. Se sentó en la cama, con el teléfono en la mano, y pensó en llamar a Fabio. Tras pensarlo unos minutos, decidió no hacerlo, y evitarle preocupaciones. Decidió hablar con el pequeño ella misma y descubrir si realmente sabía algo o no.
Se sentó en el sofá, con el corazón latiendo