Mientras Luciano embestía con fuerza a su mujer, la palabra “Prostituto” retumbaba en su cabeza. A pesar de que ya habían transcurrido veinte años de aquel pasado oscuro, y de todo lo que había trabajado para borrar ese capítulo de su vida –con Margaret– siempre volvía a ser el mismo chico que había sido comprado y que no tenía nada.
Mas, por el momento, no podía hacer nada excepto complacerla y esperar algún descuido suyo para poder llamar a Antonella y explicarle todo; pero, sobre todo, Luciano debía asegurarse de que estuviera bien.
Mientras tanto, en la habitación contigua a la de su pequeño, Isabella no dejaba de pensar en lo ocurrido minutos antes. Conocía perfectamente esos síntomas, esas sensaciones corporales: ya las había vivido durante el embarazo de Fabián.
La inseminación in vitro había resultado un éxito.
A pesar de que aquella noticia le daba un poco de alivio, no lograba apartar la inquietud que sentía. Estaba esperando el hijo de Ignacio Montenegro, un hijo que la