Los golpes en la puerta, obligaron a Isabella a secar sus lágrimas con rapidez.
—Un momento —contestó desde adentro asegurándose de no dejar huellas en su rostro que demostraran que había estado llorando.
Se dirigió hacia la entrada y abrió lentamente la puerta. Asomó la cabeza y frente a ella, estaba Antonella.
—¿Cómo te sientes? —preguntó la pelinegra con preocupación.
Isabella frunció el ceño. Estaba aún aturdida con la llamada de Ignacio. ¿Cómo sabía que estaba mal?
—Me refiero a t