Los golpes en la puerta, obligaron a Isabella a secar sus lágrimas con rapidez.
—Un momento —contestó desde adentro asegurándose de no dejar huellas en su rostro que demostraran que había estado llorando.
Se dirigió hacia la entrada y abrió lentamente la puerta. Asomó la cabeza y frente a ella, estaba Antonella.
—¿Cómo te sientes? —preguntó la pelinegra con preocupación.
Isabella frunció el ceño. Estaba aún aturdida con la llamada de Ignacio. ¿Cómo sabía que estaba mal?
—Me refiero a tu malestar —aclaró al ver la expresión de confusión en el rostro de su hermana.
—Me-mejor —balbuceó.
—¿Puedo pasar?
—Cla-claro —contestó Isabella abriendo la puerta por completo.
Antonella caminó y se sentó al borde de la cama. Isabella podía leer en su mirada, la tristeza.
—¿Y tú, estás bien? ¿Por qué no me dices que te está sucediendo? —Se sentó al lado de su hermana y la rodeó por la espalda con su brazo.
—Es que… —Hizo una pausa— No sé como empezar.
Bajó la cabeza ocultando su mi