Ignacio condujo hasta la mansión algo pensativo. Necesitaba tener a mano una buena excusa para Valeria. No era un simple capricho de su parte, no decirle la verdad de dónde había estado todo el día, ni haciendo qué. Conocía perfectamente el temperamento de su esposa y sus inesperadas “crisis emocionales” cuando algo no salía como ella esperaba.
Bajó de su coche, y se dirigió a la entrada principal, colocó la clave en el tablero y la puerta se abrió. La casa estaba oscura, apenas la luz del pasillo alumbraba un poco la sala.
—Por fin llegas —murmuró ella en un tono cargado de hostilidad.
Ignacio encendió la luz. Su mujer llevaba una hora sentada en el sofá de cinco puestos, con los brazos cruzados en señal de enojo.
—¿Qué haces despierta, Valeria? —preguntó él con suavidad.
—Esperando a que llegues, joder. —respondió, irritada.
—Te dije que estaba ocupado —continuó diciendo, mientras se acercaba a ella y le acariciaba la mejilla.
Valeria le apartó la mano de forma brusca y s