Antonella regresó del cafetín. Traía en una de sus manos un vaso de café para su hermana. Al llegar al área de emergencia vio que Isabella no estaba. Un ligero escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Dónde se habrán metido? —murmuró.
En ese instante, vio a una de las enfermeras saliendo de la sala de emergencia. Se acercó hacia ella.
—Señorita, por favor.
La mujer se volvió a verla.
—Disculpe, el niño que ingresó hace unos minutos por emergencia, ¿dónde está? —preguntó, sintiendo un vacío en el pecho y el corazón queriendo salírsele por la garganta.
—Lo siento… el niño acaba de fallecer.
Antonella dejó escapar un grito ahogado, uno que parecía arrancarle el pecho. El vaso de café tembló en su mano antes de caer al suelo y derramar el líquido caliente alrededor de sus pies sin que ella siquiera lo sintiera.
—¡No… no puede ser! —sollozó, con la voz quebrada—. Mi Fabián… mi Fabián no puede estar muerto…
La enfermera se giró de inmediato, sorprendida.
—¿Fabián? —preguntó con sua