Ignacio valiéndose de sus influencias dentro de la clínica, logró que le facilitaran una silla de ruedas para movilizar a Isabella. Podía notar lo enrojecido e hinchado que se veían los dedos de su pie.
—Siéntate —dijo sosteniéndola por la cintura.— Te llevaré a la sala de espera.
Ella se sujetó de su brazo y se sentó, mientras murmuraba un “gracias” casi inaudible.
Él condujo hasta la sala de esperas. Ubicó la silla de ruedas de frente a la puerta del quirófano por petición de la misma I