Antonella entró a la habitación con pasos lentos.
—Acércate —Le ordenó, mientras dejaba sobre la cómoda su copa de vino.
Ella, apenas podía mantener el control de su respiración, sus manos seguían temblando. Se estremeció por completo cuando la puerta se cerró abruptamente detrás de ella.
Aquel desconocido no parecía un cliente común. Llevaba un reloj caro, una camisa perfectamente planchada y una mirada penetrante que la intimidó al instante.
—Así que tú eres la chica del escenario —dijo, observándola con detenimiento.
Antonella agachó la cabeza.
—Sí, señor…
Él caminó hacia ella con lentitud, como si estuviera detallando una joya fina que merece ser contemplada y codiciada.
—Eres muy hermosa —murmuró—. Más de lo que pensé.
Antonella guardó silencio. Su mente seguía atrapada en el terror que había vivido minutos atrás.
El hombre se le acercó más. Le tomó acarició la mejilla y sujetando su barbilla le levantó el rostro. Ella dio un paso hacia atrás en señal de alerta. Aque