Órdenes son órdenes

A pesar de la ira que sentía, el hombre se limpió el hilo de sangre que se deslizaba por su mentón.

El encargado, salió de su oficina y se dirigió hacia el camerino de las bailarinas para darle a Antonella. Sin embargo, cuando entró, ella no estaba.

¿Dónde demonios se había metido?

Llamó a uno de los guardias de vigilancia y le ordenó buscarla.

—Encuéntrala y tráela.

Aunque la sangre le hervía dentro de las venas, no podía actuar de forma impulsiva, sabía que Luciano Ferraro no era un h
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