Órdenes son órdenes

A pesar de la ira que sentía, el hombre se limpió el hilo de sangre que se deslizaba por su mentón.

El encargado, salió de su oficina y se dirigió hacia el camerino de las bailarinas para darle a Antonella. Sin embargo, cuando entró, ella no estaba.

¿Dónde demonios se había metido?

Llamó a uno de los guardias de vigilancia y le ordenó buscarla.

—Encuéntrala y tráela.

Aunque la sangre le hervía dentro de las venas, no podía actuar de forma impulsiva, sabía que Luciano Ferraro no era un hombre con el que se podía jugar. Su trayectoria en la política era intachable, lo cual le permitía tener conexiones y contactos de alto nivel en cualquier ámbito. Debía sí o sí cumplir con sus órdenes.

El guardia de seguridad indagó con el resto de las bailarinas y una de ellas le indicó el dormitorio donde se encontraba. A través del viper, le informó a su jefe dónde se encontraba la nueva bailarina.

Antonella estaba sentada en la cama, pensativa, reviviendo todo por lo que había tenido que
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