Luciano se levantó lentamente de la cama y sacó del bolsillo de su chaqueta deportiva, el móvil que no paraba de vibrar. Tenía varias notificaciones de mensajes, casi todos eran de Margaret. Los miró desde la pestaña de su celular.
“¿Dónde estás?”
“¿Dónde te metiste?”
“Si has ido a ver a esa zorra, te juro que me la vas a pagar”.
Luciano apretó la mandíbula. Sabía de lo que Margaret era capaz con tal de mantenerlo a su lado. No era la primera vez que lo manipulaba ni amenazaba con quitarle todo lo que tenía. Sin embargo, en ese momento, al mirar a Antonella tan vulnerable, nada más le importaba.
Escribió un mensaje: “Estoy con ella y no pienso regresar a casa esta noche”. Justo cuando iba a enviarlo, se detuvo. Lo borró. No podía. No podía enfrentarse a Margaret. No por él sino por Antonella. Su esposa era capaz de hacerle daño solo para destruirlo.
No era justo que Antonella pagara por algo de lo que era inocente. Él la buscó en el bar, él fue quien quiso salvarla de aquellos