El primer rayo de consciencia de Bianca había sido el calor. Una calidez persistente que envolvía su mano y una presencia que, incluso en la penumbra, se sentía como un ancla en medio de su tormenta interna. Cuando sus ojos se abrieron, la luz mortecina de la luna reveló la silueta de Alessandro. Estaba ahí, sentado al borde de la cama, observándola con una mirada que ella no supo descifrar: no era odio, no era desprecio, sino una devoción sombría y dolorosa que la dejó sin aliento.
Al notar