Alessandro caminaba por el ala oeste, con las manos hundidas en los bolsillos de su bata de seda negra, incapaz de conciliar el sueño. Sus pensamientos habían sido un campo de batalla constante desde el regreso del hospital: el recuerdo del médico tocando el vientre de Bianca, su fragilidad ante la anemia, y el eco de su propia voz, siempre gélida, siempre distante, intentando proteger a una mujer que, según él, debía odiar.
Fue entonces cuando el silencio se rompió. Un sollozo, tenue, agónico