El salón principal del Hotel Ritz, un despliegue de arquitectura y opulencia desmedida, vibraba con la frecuencia del poder. Los candelabros de cristal de Baccarat bañaban la estancia en una luz ámbar que parecía encender las joyas de las esposas de los inversionistas y el brillo frío de los gemelos de los hombres que movían los hilos de la economía global. En el centro de ese torbellino de ambición, Emma se movía como una depredadora en su hábitat natural. Su vestido de satén azul medianoche,