Alessandro Riva era, sin temor a equivocarse, el hombre más hermoso y letal que Bianca había visto en su vida. Tenía una mandíbula afilada que parecía tallada por un escultor despiadado, un cabello oscuro perfectamente peinado y unos hombros tan anchos que hacían que el traje de diseñador a la medida luciera como una armadura. Bianca, acostumbrada a ver hombres demacrados por los vicios o gordos por la autocomplacencia en el club, se lo devoró con la mirada en un segundo. «Dios santo, si la mirada de este hombre pudiera embarazar, yo ya tendría mellizos», pensó, sintiendo un calor repentino que no tenía nada que ver con el clima. Todo en aquel despacho estaba impecable, limpio y ordenado de una forma casi enfermiza. Sobre el escritorio de caoba maciza, justo al lado de unos pulcros fajos de documentos, destacaba un péndulo de Newton: ese adorno de metal con esferas colgadas que, al mover una, golpeaba a las demás en un compás eterno. Bianca, incapaz de quedarse quieta debido a lo
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