El sonido fue lo primero que anunció el desastre: no el de un motor convencional, sino el rugido profundo y sincronizado de tres vehículos negros blindados que devoraron el camino de grava de la mansión Riva. La servidumbre, presa de un pánico instintivo, se desplazó por los pasillos como sombras, con el rostro desencajado y las manos temblorosas. Sabían lo que la llegada de Doña Carmen significaba. La mansión, siempre solemne y lujosa, pareció encogerse, como si los muros mismos temieran la m