Alessandro se quedó a solas con ella. La luz de la luna, filtrada por las pesadas cortinas de terciopelo, apenas lograba iluminar el contorno del rostro de Bianca, que descansaba sobre las almohadas de seda como una figura tallada en alabastro. Él no se movió de la silla que había arrastrado hasta el borde de la cama; sus ojos, habituados a analizar estados financieros y movimientos estratégicos, estaban ahora fijos en el suave ascenso y descenso de su pecho, un ritmo que él vigilaba como si f