La mansión Riva, con sus techos altísimos y sus pasillos de mármol frío, siempre había parecido una construcción diseñada para empequeñecer a quienes la habitaban. Para Bianca, que llevaba días sintiendo cómo el mundo se volvía un lugar borroso, la gran escalinata central se había convertido en su particular Everest. La anemia, alimentada por los nervios, y el peso constante de la vigilancia de Alessandro, le estaba pasando factura.
Esa tarde, el aire le faltaba. Cada peldaño le resultaba un