El trayecto hacia el departamento de Alan fue un borrón de luces urbanas, un viaje a través de una ciudad que parecía haberse quedado muda para permitir que el estruendo de sus propios deseos tomara el control. Alan no despegaba la mano de su muslo; sus dedos, fuertes y exigentes, se hundían en la piel de Emma como si estuviera marcando territorio a través de la seda del vestido, una presión que era a la vez una advertencia y una promesa. Ella no respiraba; cada fibra de su ser estaba en aler