Una lágrima resbaló lentamente por el rostro del anciano Jonàs, marcando los surcos profundos de una vida cargada de decisiones que ahora pesaban como piedras en su conciencia. El aire en la habitación era denso, casi irrespirable, como si las paredes mismas estuvieran impregnadas de culpa.
“Cómo pude ser tan ciego… cómo no vi el corazón de piedra de Eliana”, pensó con amargura, sintiendo cómo el pecho le dolía al recordar cada paso que lo había llevado hasta ese punto.
“Valentina… ella enloque