—¡Nunca me casaré con otro hombre que no sea Valentino! —gritó Marisol, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
Su voz resonó en la casa, cargada de emoción y desafío. Sus manos temblaban, pero su mirada no. Estaba decidida, incluso si eso significaba enfrentarse a todo.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado.
—Bien —respondió la voz al frente, fría y sin rastro de compasión—. Entonces no me culpes si Valentino acaba muy mal. Ahora… lárguense de mi casa.
Esas palabras fueron el golpe