Lara murió ese mismo día.
No hubo despedidas, ni manos que sostuvieran las suyas en el último momento.
No hubo voces quebradas llamando su nombre, ni lágrimas sinceras reclamando su ausencia. Murió en silencio, como si su vida hubiera sido apenas un susurro que el mundo decidió ignorar.
No tenía familia, nadie que preguntara por ella, nadie que exigiera explicaciones, nadie que reclamara su cuerpo.
Pero Marisol sí lo hizo.
No por obligación. No por deuda. Lo hizo por algo mucho más simple y, al