En medio de ese tenso enfrentamiento, una voz helada resonó desde la entrada:
—Basta ya.
Todos giraron la cabeza. Marcus estaba de pie en el umbral, avanzando hacia el sofá con pasos firmes. Recién llegado de atender numerosos asuntos, su rostro mostraba fatiga, pero sus ojos brillaban con severidad.
Las palabras de Marcus provocaron un suspiro colectivo de alivio. Melisa, incluso, dejó escapar una sonrisa burlona.
—¿Lo oíste, Rubí? Marcus ya habló. ¿Qué más tienes que decir? —remató con malici