Sabrina, aún llorando, asintió con rapidez. En ese instante, las palabras de Tobias le devolvieron un poco de fuerza y buscó su teléfono con desesperación.
Pero... el teléfono de Leonardo sonó una y otra vez, sin que nadie contestara. Finalmente, la llamada se cortó.
El rostro de Sabrina se volvió aún más pálido.
Volteando hacia Tobias, dijo en voz baja y angustiada:
—Cariño... ¿qué hacemos? Esto no pinta nada bien.
Tobias respondió:
—Llamaré primero a la oficina. Ese grupo ya se ha ido, así qu