Rubí sentía el corazón en la garganta. Quería ir también, pero temía estorbar o poner en peligro a alguien más, así que decidió quedarse quieta en un lugar seguro. Se puso de puntillas, intentando ver algo.
Desde donde estaba, alcanzaba a ver que los arbustos se sacudían violentamente por la pelea. Rubí miraba angustiada, con el estómago encogido, sin poder hacer nada más.
El tiempo pasó con una lentitud insoportable. Fueron apenas tres minutos, pero para ella fue una eternidad.
Entonces, el ar