Lleno de una furia que no podía disimular, Alexander abandonó su oficina. El ascensor subterráneo se abrió para él, y salió como un rayo disparado. Abordó su auto, un bólido que se convirtió en su única descarga de adrenalina, y rápidamente condujo por las calles de la ciudad hasta llegar al edificio. Un enfado animal lo consumía. Quería tomar a ese idiota y ponerlo en su lugar.
De repente, antes de poner un pie dentro del elevador, se dio cuenta de que un motor más se había detenido. Era el au