Una vez que Valeria regresó a su habitación después del encuentro con Alexander, el dolor que había contenido se desbordó. No pudo evitar comenzar a llorar. Lloraba y golpeaba la almohada con rabia, como si esta tuviera la culpa de todo.
—¡Alexander, eres un tonto! ¡Eres un idiota! Eres un imbécil ¡Te odio con todo mi corazón!—gritaba, aunque en realidad esas palabras eran falsas.
Ella no lo odiaba, no lo detestaba. Lo seguía amando con todo su corazón y se aferraba a ese sentimiento, pero, ton