Valeria se quedó de brazos cruzados frente al armario, indecisa. Chasqueó la lengua, frustrada. No tenía la ropa adecuada para la ocasión, nada que se sintiera bien para lo que estaba a punto de hacer. El tiempo corría, y no podía permitirse el lujo de dudar. Finalmente, se sentó al borde de la cama, la cabeza llena de pensamientos.
Ya no había vuelta atrás. Si retrocedía ahora, perdería la única oportunidad de desenmascarar a Alexander. Su indecisión se disipó.
Se levantó de nuevo, decidida,