VANESSA GARDNER
Pensé que jamás conciliaríamos el sueño. Pasamos el resto del día, Tanya y yo, comiendo cualquier golosina que Silvia nos traía, viendo películas y hablando de todo, hasta que la noche cayó.
Pero entonces algo cambió. No sabía qué era. Simplemente me desperté, en medio de ese jardín artificial lleno de arreglos florales. Tanya seguía profundamente dormida. Aunque había tenido unos años duros, parecía que no eran suficientes para darle maldad, desconfianza y desarrollar ese sext