Dormí apenas un par de horas, hasta que la luz del sol, filtrándose por las cortinas blancas, me obligó a abrir los ojos. El cansancio me golpea como una embestida brutal: siento el cuerpo pesado, entumecido, como si un camión me hubiese pasado por encima.
No es para menos; pasé una noche entera de rodillas junto a la cama del abuelo, y otras dos en vela, llorando su ausencia y lamentando lo que, en tan poco tiempo, se ha derrumbado en mi vida.
Me incorporo despacio, con esa lentitud propia de q