No puedo describir lo que siento cada vez que Nikolaus está cerca de mí. Es extraño, casi desconcertante. Tal vez se deba a que, en toda mi vida, nadie —ni siquiera mi hermano, mi propia sangre— me ha defendido con la firmeza y la lealtad con que él lo hace.
Por suerte, tengo a Marie, a Scott… y ahora también a Nikolaus.
—Sin ánimo de entrometerme demasiado, Eva, creo que sabes perfectamente qué hacer con tu vida —dice él, mirándome fijamente. Su voz grave resuena, y su acento extranjero le da u