Ella titubea, busca una defensa con la boca seca.
Yo respiro hondo, siento la sangre en las sienes y la mirada de Nikolaus, firme y protectora, a mi lado. La sala vibra de tensión; el aire huele a perfume caro y a miedo. Y yo me mantengo erguida, porque no hay lugar ahora para titubeos: mi hijo está herido, y nada ni nadie tendrá permiso para hacerlo sufrir en mi presencia.
—Pero Adán… no es… digo la verdad.
—Pide perdón, ahora. —la voz de Adán retumba, firme, cortante, dejando claro que no hay