Nikolaus y yo corremos sin mirar atrás; dejamos a Keleer con los documentos que debe llevarse para proteger lo urgente. La multitud parece cerrarse en un murmullo ensordecedor y yo solo escucho a mi hijo llamarme entre la masa —su voz es un alfiler que pincha mi pecho—. El corazón me late en la garganta como si quisiera salir a buscarlo.
Lo diviso a lo lejos: Niklaus está cerca de la entrada del salón, con los ojos enrojecidos, y junto a él, para mi sorpresa y con una tranquilidad que me hiela,