Eva sonríe, emocionada. Yo beso su mano y pienso que, en este instante, frente a todos, no me importa nada más que ella, mi mujer, mi amor eterno.
Eva abraza al abuelo y ambos sonríen con esa complicidad que nace de la ternura, de la aceptación sincera. Luego se acerca a mí, ligera, hermosa, y se entrega a mis brazos. La envuelvo con fuerza, con ese instinto casi salvaje de no querer soltarla jamás. Mientras tanto, Niklaus juega con mi hermano, sus risas infantiles llenan el aire, y no puedo ev