—Eva… —empieza Kuno, con gesto serio—. Te juro por Dios que no he visto nada de lo que estabais haciendo.
—No estábamos haciendo nada —lo reprendo de inmediato, con firmeza—. A Eva se le atoró el cabello en la polera.
Kuno suelta una carcajada incrédula.
—No nací ayer, bro. ¿Crees que no he tenido sexo en la oficina? —arquea una ceja—. Lo hago todo el tiempo. Pero no lo haría con mi futura esposa.
Eva, con las mejillas encendidas, intenta salir al paso.
—Yo ya me iba… solo quería asegurarme de