Eva Davies
—Eva… —susurra apenas me ve entrar en la habitación. Llevo a mi pequeño en brazos y, sin pensarlo, lo abrazo con fuerza, como si temiera que algo o alguien me lo arrancara—. Estás tan hermosa… —dice con una sonrisa que parece guardar mil emociones.
No puedo responder. Las palabras se me quedan atrapadas en la garganta. Él se acerca, como queriendo asegurarse de que todo está bien. Sonrío, y en ese instante siento cómo las lágrimas me recorren las mejillas, ardientes y dulces al mismo