Nikolaus Hoffman.
El vuelo se retrasa más de lo que puedo soportar. El aire en la cabina es espeso, y este asiento estrecho parece un suplicio calculado para los pasajeros. No hay primera clase disponible; Kuno, con toda su buena voluntad, no logra encontrar nada mejor. Y yo, con la urgencia ardiéndome en el pecho, tomo el primer boleto que aparece, sin importar aerolínea ni incomodidad.
Cuando, por fin, la señal de wifi se abre paso entre la niebla tecnológica del aeropuerto, mi teléfono se ll