El nerviosismo se apodera de mí cuando lo veo rodear la isla y continuar su paso. Balbuceo, incapaz de hilar una sola palabra coherente, mucho menos una oración completa.
—Em… —susurro, tartamudeando.
—Y, sobre todo, ¿por qué estás levantada si te indicaron reposo absoluto? —pregunta, mientras aparta con suavidad un mechón de cabello de mi rostro.
—Bue... bueno, tú estabas dormido y la hora de la cena se acercaba, así que pensé que… tal vez podía preparar algo —respondo, juntando mis dedos como