—¡Suéltame, suéltame, suéltame! —grito, incorporándome de golpe sobre la cama del hospital.
Abro los ojos, jadeando, y me encuentro con la mirada preocupada del alemán, que se acerca con rapidez.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo? —pregunta con urgencia, examinándome con los ojos. Ya va camino al timbre para llamar al doctor, pero lo detengo.
—¿Adán estuvo aquí...? —pregunto, con la voz aún temblorosa, siento incluso los temblores de mi cuerpo—. Mientras tú no estabas.
—No, Eva —responde al instante,