Scott me espera afuera, apoyado en el viejo carro del abuelo, ese que huele a cuero gastado y madera encerada. Al verme, sonríe, una sonrisa sincera, y camina hacia mí para tomar mi maleta sin decir palabra. Siento la presión de todas esas miradas detrás de mí, los ojos que me siguen desde las ventanas, esperando verme salir por la puerta trasera, como una cobarde que huye.
Pero no.
Salgo por la puerta principal, erguida, con el cofre de las cenizas del abuelo en mis brazos. Los dejo atrás, roto