Mundo ficciónIniciar sesiónLorenzo
Una menos diez, hago la seña correcta a mi chofer para que se quede en casa, hoy he decidido conducir yo porque necesito sacar de mi sistema el malestar que me ha generado estos últimos cuatro días la llegada de María de los Ángeles y el único sonido capaz de competir con sus fuertes gritos es el rugido de mi deportivo. Siento que mis fuerzas merman y necesito aferrarme a algo, lo que me lleva a la decisión de tomar el volante, deseo sentir la velocidad y drenar el maldito estrés que amenaza con destrozar mi cordura antes de la reunión más importante de la semana. Salir de la mansión con bastante antelación es una buena técnica, es bastante catártico para mi en estos momentos.
En el mundo de los negocios, llegar tarde es sinónimo de debilidad, y yo no planeo mostrarle debilidad a nadie y menos hoy que voy a cerrar un trato.
El asfalto de la zona residencial de la ciudad está despejado, permitiéndome acelerar más de la cuenta. Sin embargo, la ilusión de control se rompe en un segundo.
Una pelota de colores brillantes atraviesa la carretera de la nada.
Por puro instinto, clavo el pie en el freno. Los neumáticos rechinan violentamente contra la carretera, el auto colea y el olor a caucho quemado inunda el interior de la cabina mientras el deportivo derrapa, deteniéndose a escasos centímetros de la acera. El corazón me golpea el pecho con una fuerza brutal, pero la adrenalina se dispara por completo cuando veo a un niño de no más de seis años correr imprudentemente detrás del jodido juguete, cruzándose justo por delante del capó de mi auto.
Casi lo golpeo.
Iba a abrir la puerta para soltar toda la furia que llevo contenida, pero entonces aparece detrás del niño una mujer y me quedo con la mano suspendida sobre la manilla de la puerta. Es… jodidamente perfecta. Su cabello castaño ondea con el movimiento, tiene unas facciones finas pero firmes, y una silueta que capta mi atención de inmediato, incluso bajo la luz del mediodía. Hay una elegancia salvaje en su forma de moverse que me golpea directo en la ingle.
Pero la fascinación me dura un maldito segundo. Mi mente racional reacciona de inmediato, recordándome el peligro. Empujo la puerta del coche y salgo al asfalto, hirviendo de rabia.
—¡¿Pero es que está loca?! —le grito, plantándome frente a ella con toda mi imponente estatura—. ¡Es una irresponsable! ¿Cómo se le ocurre permitir que este mocoso se atraviese en la carretera detrás de una pelota? ¡Casi lo atropello por su maldita negligencia!
El niño se esconde detrás de ella, asustado, pero la mujer no se amedrenta. Al contrario, da un paso al frente, acortando la distancia entre los dos. Sus ojos que me doy cuenta son bastante claros, chispean con una furia que no me esperaba.
—¡No me grite, idiota suntuoso! —me responde con una altanería que me deja pasmado. Su voz es firme, grosera y no muestra ni una pizca de sumisión—. Debería bajarse de su nube de arrogancia y aprender que existe una ley de tránsito no escrita, aunque dudo que un ricachón ignorante como usted la conozca: ¡cuando una pelota cruza la calle, siempre, siempre hay un niño detrás!
Me quedo de piedra. Nadie me habla así. Nadie se atreve a insultarme en mi propia cara.
—¿Ricachón ignorante? —repito, apretando los puños, ofendido en lo más profundo de mi orgullo—. Escúchame bien, niñita. Estás defendiendo una imprudencia que pudo terminar en tragedia. Voy a llamar a la policía ahora mismo para que te enseñen a respetar las leyes reales.
Saco mi teléfono del bolsillo del traje, dispuesto a cumplir mi amenaza, pero ella se gira despacio y por un momento su derrier me distrae. Me mira de arriba abajo, con un desprecio que me desconcierta, como si yo no fuera más que una cucaracha molesta bajo su zapato.
—Atrévase —reta en un susurro desafiante, sosteniéndome la mirada sin parpadear—. Llame a quien desee, pero mueva su costoso juguete del medio de la calle antes de que la que llame a las autoridades sea yo.
Se da la vuelta con una soberbia casi inhumana, toma al niño de la mano y camina hacia la acera opuesta sin volver a mirarme, lo entrega porque además de todo el niñato parece no pertenecerle.
Subo de nuevo al BMW, con las manos temblando sobre el volante, no solo por el susto, sino por la ridícula fascinación que esa mujer acaba de despertar en mí. Su altanería me ha dejado descolocado, claro que también su apariencia. Mientras arranco el motor y retomo el camino hacia mi oficina, una idea tonta y ridícula se instala en mi mente: esa mujer tiene el carácter exacto que necesito para domar el caos de mi casa. Lástima que nunca volveré a verla.
***
entro sin decir nada por la puerta principal del edificio. Todo aquel que me reconoce baja la cabeza buscando hacer su trabajo o por lo menos mantenerse ocupado para evitar el despido inminente. No soporto a la gente que pierde el tiempo en horario de trabajo, soy un obseso del control y la puntualidad y, en España ese es el pan de cada día.
¡Joder!
Todavía siento el golpe de adrenalina correr por las venas al recordar el mal rato de hace casi media hora. Pero en realidad lo que mas recuerdo son esos ojos claros, de un verde muy llamativo que, me desafiaron hasta el punto de que mi cuerpo reacciono a ello.
El ascensor me deja en el piso cuarenta y tres donde me espera una de las reuniones mas importantes y decisivas de mi vida. María de los Ángeles va a tener que adaptarse al mando de la mujer que escoja para cuidarla. No creo que resista otra noche de llanto y sobre todo los gritos en la madrugada llamando a su madre. Nada más recordarlo quiero hundir a Mariela en el fango para que no pueda tener una vida tranquila, así como lo estoy sufriendo yo.
—Sr. Fernández, bienvenido —saluda mi asistente —. Aquí tiene lo que me pidió, pero el Sr Buendía se encuentra en la sala de juntas —alzo las cejas y afirmo con la cabeza.
—Por lo menos es puntual —recibo los expedientes y los devuelvo —. Estos los estudiare luego. Por ahora solo hare las entrevistas correspondientes, recuerda elaborar los Acuerdos de Confidencialidad correspondientes para los tres y el Contrato de Matrimonio —asiente, pero veo que no entiende algo —¿qué sucede?
—Es que solo hay una chica dentro con su padre —entrecierro los ojos con molestia.
—Está bien, espera mi orden.
Ingreso a la sala de juntas para encontrarme con Arturo y una muchacha que no llega a veinte años, gruño inconforme. Ambos se levantan y saludan.
—Sr. Fernández, buenas tardes…
—Este no era el trato —corto lo que vaya a decir, comienza a respirar rápidamente.
—Ella es Luciana mi hija menor —la niña sonríe sugerente y siento la sensación de rechazo al instante.
—No es lo que busco, tienes dos hijas y por lo menos una, debe por lo menos ser mayor de edad…
—Buenas tardes, me disculpo por llegar tarde, pero…
Giro abruptamente ante la voz conocida y entonces la veo: es ella, la misma chica con la que tuve el contratiempo, sus ojos se agrandan de una manera graciosa y palidece hasta casi adoptar el color del papel.
Se me sale una carcajada.
—¡Vaya, vaya! Parece que hoy si que estoy de suerte.
—¿Usted?







