Capítulo 1

Lorenzo

Esos cuatro días después…

El llanto agudo y persistente de una niña de cinco años es un sonido para el que ningún manual de administración, economía o contaduría te prepara.

Llevo exactamente cuatro días sin dormir más de dos horas seguidas. Cuatro días en los que mi perfecta, silenciosa y elegante mansión en las afueras de la ciudad se ha convertido en un campo de batalla alfombrado de juguetes que no sé cómo usar y lágrimas que no sé cómo consolar.

—¡No quiero esa leche! ¡Quiero a mi mamá! —el grito de María de los Ángeles resuena desde la cocina, seguido del estrépito de un vaso de cristal haciéndose añicos contra el suelo de cerámica.

Cierro los ojos con fuerza, apretándome el puente de la nariz mientras la migraña amenaza con partirme el cráneo en dos. Estoy de pie en mi estudio, rodeado de informes financieros que valen millones, pero en este instante, me siento el hombre más incompetente del planeta. Hace una semana, Mariela Morales soltó la bomba y desapareció del mapa, dejándome a una niña que lleva mi sangre, pero de la que no sé absolutamente nada. Tiene los mismos ojos oscuros que yo, pero la misma terquedad destructiva de la mujer que me destrozó la vida. Escucho unos golpes en la puerta y pronuncio un: adelante

—Señor Fernández… —mi ama de llaves de toda la vida, asoma la cabeza por la puerta del estudio con el rostro pálido y la respiración agitada—. Lo siento mucho, señor. He intentado darle el desayuno, pero la niña no se calma con nada. Ha tirado el plato y… bueno, la cocina es un desastre. No sé qué más hacer.

—Déjalo, Rosa. Recoge los cristales antes de que se corte —respondo con la voz ronca, acomodándome el cuello de la camisa—. Yo me encargo.

Mentira. No tengo ni puta idea de cómo encargarme.

Camino hacia la cocina con paso firme, intentando mantener la misma postura imponente que uso cuando voy a quebrar una junta directiva, pero en cuanto cruzo el umbral, me topo con la cruda realidad. Sentada en medio del suelo, con las mejillas coloradas por el llanto y los mechones de cabello castaño pegados a la frente por el sudor, está mi hija apretando contra su pecho el horroroso peluche que no he podido botar porque la primera noche no durmió hasta que lo tuvo entre sus brazos.

Al verme, sus sollozos se detienen por un segundo, reemplazados por una mirada de puro desafío y provocación.

Me odia.

Me acuclillo a una distancia prudente, cuidando de no pisar la leche derramada.

—María de los Ángeles —digo, intentando suavizar un tono de voz que por naturaleza es cortante—. Tienes que comer. Llorar no va a hacer que tu madre regrese.

La niña me mira como si fuera el mismísimo demonio.

—¡Tú eres malo! —grita con la voz entrecortada—. ¡Mi mamá dijo que eres tan malo que las personas siempre se van de tu lado y que por tu culpa me dejó!

Esas palabras son exactamente de su madre, ella me engaña y yo pago las consecuencias, propio de las personas como ella. La maldita de Mariela no solo me dejó a la niña como si fuera un paquete abandonado, sino que se encargó de envenenar su mente en mi contra durante cinco años. Siento bullir la rabia, subir por mi cuello, pero me obligo a tragarme el orgullo. No puedo perder los estribos con una criatura de cinco años.

—Tu madre te mintió, María De Los Ángeles —sentencio, poniéndome de pie y recuperando mi distancia—. A partir de ahora, este es tu hogar. Te guste o no.

Salgo de la cocina antes de que el nuevo ataque de llanto comience. Regreso a mi estudio y doy un portazo que hace vibrar los ventanales. Necesito una solución, y la necesito ya. Los abogados de familia ya me lo advirtieron ayer por la tarde: si el servicio social o un juez de custodia decide hacer una inspección y ve que la niña está en un ambiente inestable, hostil y bajo el cuidado de un padre soltero que trabaja catorce horas al día, me van a quitar la patria potestad. Y por más resentido que esté con la situación, mi orgullo de Fernández no va a permitir que mi propia sangre termine en un hogar de acogida o en manos del Estado.

Necesito pensar en como construir una estructura familiar. Una esposa. Una madre para ella. Alguien que suavice mi imagen de ogro ante el tribunal y que eduque a esa niña con la paciencia que yo no tengo.

Mi teléfono suena, no es usual que lo haga, pero de todas maneras lo contesto.

—¿Qué pasa, Marcela?

—Señor Fernández, disculpe que lo moleste —la voz de mi secretaria de confianza suena preocupada—. El señor Arturo Buendia ha estado llamando a la oficina desde primera hora de la mañana. Está desesperado. Dice que las setenta y dos horas están corriendo y que necesita una audiencia urgente con usted para presentarle una… “propuesta alternativa” sobre la deuda de su empresa.

Una sonrisa empieza a dibujarse en mi rostro. Las piezas del tablero acaban de alinearse de forma perfecta. El sujeto está contra la pared. El miedo a perder la empresa de su familia lo va a obligar a hacer cualquier cosa. Y yo tengo la necesidad exacta que una de sus hijas puede cubrir.

—Dile a Arturo Buendía que lo recibiré en mi oficina hoy mismo a las dos de la tarde —ordeno, mientras me acerco al ventanal que mira hacia los extensos jardines de la mansión—. Y Marcela…

—¿Sí, señor?

—Quiero que consigas los expedientes completos de las dos hijas de Arturo. Carreras, historial médico, finanzas, reputación pública. Lo quiero todo en mi escritorio antes de que el viejo pise el edificio. Necesito saber exactamente cuál de las dos es la pieza que encaja en mi casa.

—Entendido, señor. En una hora tendrá los informes.

Corto la comunicación. Me sirvo un trago de whisky puro, a pesar de que apenas son las nueve de la mañana, y dejo que el líquido queme mi garganta.

La última vez que puse mi corazón en un acuerdo matrimonial, me quedé sin nada y terminé traicionado. Esta vez no habrá espacio para el amor, para el romance, ni para las debilidades. La hija de mi nuevo socio vendrá a esta casa bajo un contrato estrictamente comercial: será la madre perfecta y la esposa ideal ante los ojos del juez. Será una esposa prestada. Y cuando la custodia de María de los Ángeles esté asegurada y la deuda de su padre saldada, se marchará por donde vino.

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