Una Esposa Prestada para el Millonario
Una Esposa Prestada para el Millonario
Por: Katia Parra
Prologo

Lorenzo

—Lamentablemente el plazo ha caducado. Tu empresa pasará a mis manos en exactamente setenta y dos horas, y la despedazaré para conseguir mi pago.

Existen personas en este mundo que aún creen en la magia. Yo, en cambio, solo creo en levantarme temprano, dormir poco, trabajar duro y poner en su lugar a quienes intentan burlarse de mí o me toman por un imbécil filántropo que hace obras de caridad.

—Pero, señor Fernández… Deme otra oportunidad, por favor —discierno la hipocresía en la expresión del sujeto que tengo enfrente.

—Las oportunidades vacías no dejan dinero. Pero, si estás tan interesado en no perder tu empresa, necesito una garantía.

El hombre sentado frente a mí se queda sin habla por un segundo.

—¿A… a qué se refiere, señor Fernández?

—¿Quién sabe? —entrelazo las manos, apoyo los codos sobre el escritorio y me inclino hacia adelante invadiendo su espacio para disfrutar del miedo que muestra —. Tienes dos hijas, ¿no? —Esbozo una sonrisa ladeada al ver como sus ojos se abren y su respiración se acelera casi al punto de provocarle un infarto—. Puede que alguna de las dos me interese. Pero, por supuesto, ese es tu problema, no el mío.

Siete días antes…

—Mariela… —digo, pronunciando su nombre como si fuera una maldición en mi vida, justo antes de que la mujer al otro lado de la línea pueda articular una palabra.

Nunca fui capaz de borrar su número de teléfono. De esa manera, siempre recordaría la traición de la que fui objeto por parte de la mujer que una vez fue mi esposa.

—Sí, Lorenzo Fernández, soy yo, tu exesposa —no puedo evitar gruñir ante la avalancha de recuerdos que se agolpan en mi mente.

Ya no duele; solo queda un extenso vacío en el lugar donde alguna vez tuve un corazón lleno de sentimientos. No me considero un hombre débil, pero tampoco estoy recubierto de acero. La rabia bulle por mis venas como lava hirviendo al escuchar la voz de esa mujer traicionera.

¡Traicionera como todas!

—Y ¿a qué debo tan desagradable sorpresa? —Me recuesto cómodamente en el respaldo de mi lujoso sillón de cuero—. Porque dinero no pienso darte. Ahora, si necesitas cariño, afecto o cualquier ridiculez de ese tipo, tal vez podría recomendarte a alguien.

—Eres una verdadera m****a, Lorenzo Fernández. Deberías pensar en que Dios te ve desde arriba haciendo tus maldades.

—¿Maldades, dices? Mi querida Mariela, aquí la única que actuó de mala fe fuiste tú, engañándome y largándote con mi mejor amigo. Creo que no deberías juzgar a nadie cuando tienes un pasado tan desagradable —escupo sin ningún tipo de pudor.

No me considero la mejor persona del mundo y tampoco creo en la gente buena, pero tengo muy claro que todo en esta vida se paga, y se paga aquí mismo, en el momento y lugar donde estés.

Mariela Morales no solo actuó con malicia; ni siquiera tuvo la delicadeza de decirme que nunca me amó o que quería el divorcio. En complicidad con el hombre que consideraba mi hermano, desfalcaron mi empresa y huyeron juntos. Un par de joyas que no compraría de nuevo ni por error.

—No, ¡qué va! Si es que el señor ahora es un ángel colgado en la pared, como un Cristo Redentor —rueda los ojos a través del teléfono.

Cierro los ojos, arañando la paciencia de las paredes y repitiéndome que es una dama y no debo insultarla, por más que se lo merezca.

—No soy un santo, Mariela. Pero yo jamás te habría engañado. Sabes perfectamente que mi boca carece de filtro para decir las cosas; te habría dicho que te largaras en la cara.

—Lorenzo, no te llamé para hablar de nuestros conflictos pasados. Lo hice solo para decirte que tienes una hija de cinco años a la que ya no puedo seguir manteniendo. En tres días estará frente a tu hermosa mansión, esperando a que llegues.

Los oídos me chirrían y mi cuerpo se levanta del sillón de un salto, impulsado por el impacto.

—¡Repite eso, Mariela!

—Sé que lo escuchaste perfectamente. María de los Ángeles estará frente a tu casa exactamente en tres días, porque ese es el tiempo que tardaré en llegar a Madrid…

Observo el rostro de la niñita que me mira con horror, tal como si fuera el monstruo bajo su cama. Ha llorado todo el rato después de que una supuesta amiga de Mariela la dejara en mi puerta; los sollozos la ahogan y no deja que me acerque. No me queda duda de que es mi hija y de que esa mujer es un verdadero… demonio. Los hijos son de la madre, eso era lo que mi padre siempre decía o, por lo menos, lo que escuchaba cuando estaba en casa.

—Creo que ya está bien de llanto, jovencita.

Me mira con horror. Necesito saber qué es lo que voy a hacer contigo.

—¡Yo quiero a mi mami! —Su expresión es exacta a la mía cuando algo no me gusta—. ¡Dile a mi mami que venga, no quiero estar contigo! —grita, y siento que mis oídos van a reventar.

Saco el teléfono para llamar a mi asistente, pero es imposible hablar con el escándalo que tengo detrás. La niña llama a su mamá y yo quiero lanzarme del tercer piso de la mansión. Mi asistente responde, pero no escucho nada de nada. Cierro los ojos para calmar mi mal humor y no gritar, pero la mocosa no ayuda en nada.

—¡Silencio! —Me giro con el teléfono en la mano. Ella abre los ojos desmesuradamente—. Déjame resolver el lío en el que estoy metido y no me pidas regresar con tu mamá, porque si te dejó conmigo es porque…

—¡No eres mi padre, no te quiero! —espeta, lanzándome un juguete de goma directo a la cara—. Yo no quería venir, pero la abuela se fue al cielo y ahora tú eres un… un… —grita, ahogada en llanto. Ruedo los ojos.

—¡Que cierres la boca! —Ahora grito yo y ella se calla enseguida—. Excelente. Necesito silencio para resolver, mocosa imprudente…

—Y tú eres horrible, eres un papá malo y odioso. Mi mami me dijo que no me ibas a querer…

Y nunca se calló…

                                                                             

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