Liliana
Siento la cara arder en cuanto abro los ojos. El recuerdo de lo que ocurrió anoche con Lorenzo me azota como un latigazo en el pecho, haciéndome ocultar el rostro contra la almohada. Grito.
¡Dios mío!
¿En qué demonios estaba pensando?
Un profundo cargo de conciencia me ataca sin piedad al recordar la manera descarada en que me balanceé sobre su miembro viril, buscando una satisfacción que mi cuerpo parecía reclamar a gritos. Me desconozco. Jamás me había comportado de un modo tan impul