Abrí los ojos de golpe. El aire olía a metal oxidado y a algo rancio, muy distinto al olor a menta que siempre asociaba con mi Alexander.
Estaba en una habitación oscura y fría. Mis manos estaban sudando, agarrando con mucha fuerza el cuchillo que me habían dado hace un momento.
—¡Emma! —escuché una voz ronca y muy débil—. ¿Estás ahí?
Me giré rápido. En un rincón, atado a una silla de metal con cables negros, estaba él.
Era Alexander, pero se veía fatal. Tenía la ropa llena de rotos y su piel e