El papel quemaba en mis manos como si estuviera hecho de fuego. Leí las palabras una y otra vez, sintiendo que mi cabeza iba a estallar en mil pedazos.
Alexander estaba ahí, sentado tras el escritorio de madera vieja, con la pluma todavía en su mano. Me miraba con una tristeza tan profunda que me dieron ganas de llorar hasta quedarme sin lágrimas.
—¿Tú escribiste esto? —pregunté, con la voz rota y el corazón saltándome en el pecho—. ¡¿Tú decidiste cada golpe, cada mentira, cada segundo de nuest