El grito se me quedó atascado en la garganta. Ver mi propio rostro en ese espejo, con una sonrisa tan malvada, me dio unas ganas de vomitar horribles.
Mis manos pequeñas temblaban sin parar mientras intentaba comprender qué estaba pasando. ¿Cómo podía haber otra yo sentada en un trono de huesos?
—¡Eso no es real! —grité con fuerza, aunque el sonido de mi propia voz me sonó extraño y distante.
El reflejo se puso de pie, sosteniendo la cabeza de Alexander como si fuera una simple pelota. Sentí un