Me quedé helada. La chica que estaba frente a mí era yo, pero se veía mucho más fría, con una mirada vacía y peligrosa que me dio pánico.
Tenía mi misma cara, mi mismo pelo, pero sus ojos no tenían ni una pizca de la emoción que yo siempre sentía. Ella sostenía el arma con una seguridad que me hizo sentir pequeña y vulnerable.
—¿Quién eres? —pregunté, con la voz temblando mientras miraba a mi otra yo—. ¡¿Qué es esto?!
Ella se rio, un sonido idéntico al mío pero que sonaba mal, como un eco de un