El mundo se volvió de color negro por un segundo. La confesión del hombre de la máscara me golpeó más fuerte que cualquier bala o golpe físico.
¿Yo le hice eso a Alexander? ¿Yo fui la que lo mandó al acantilado hace diez años?
Sentí un vacío en el estómago que me dejó sin aire, como si me hubieran sacado el corazón del pecho. Mis piernas fallaron y caí de rodillas frente a ese hombre que tenía mi destino en sus manos frías.
—No... eso no es verdad —balbuceé, con lágrimas cayendo por mis mejilla