Habían transcurrido treinta días desde que Sebastian y Renata regresaron de su luna de miel. La tranquilidad se había instalado definitivamente en sus vidas, como una recompensa silenciosa después de tantos meses de incertidumbre. Las empresas continuaban creciendo bajo la dirección de Sebastian y, por primera vez en muchos años, ambos podían disfrutar de una rutina sencilla, compartiendo desayunos, largas conversaciones al final de la jornada y esa complicidad que solo poseen dos personas que