El motor del vehículo rugía mientras avanzaba por la ciudad. Pero dentro el silencio era pesado, oscuro. Cargado de una furia que no necesitaba palabras.
Antonio Vegetti estaba sentado en el asiento trasero. Su postura era impecable.
Recta. Dominante. Pero su mirada Derrocha otra cosa, era fría, afilada, peligrosa. Sus dedos tamborileaban contra el apoyabrazos. Un ritmo irregular. Ansioso.
Impaciente.
—Aumenta la velocidad —Ordenó. Sin mirar al conductor.
—Sí, señor.
El vehículo aceleró. Pero n